Aunque no existe documentación publicada de que existiera en Herrín de Campos un pequeño hospital parece ser que titulado de San Roque, a raíz de un documento encontrado en una vieja puerta del edificio que albergó este hospital, situado en la Calle Mayor 14, podría deducirse que sí que hubo un hospital, hospitalillo o albergue para cuidar de los enfermos.

En la nota encontrada en la vieja puerta, se podía leer el siguiente texto:

"Hízose este postigo en Villa Ramiel año de 1794 por mano de Joset Guerra Cavallero vecino de esta villa siendo cura en esa de Herrín don Santos Gil y Mayordomo de este Hospital Manuel del Rey.".

La nota está firmada por Joset Guerra Cavallero.

Según cuentan los vecinos del pueblo, cuando la epidemia se atendió a gran cantidad de enfermos en este hospital. Se supone que la epidemia pudo ser la de cólera que sufrió España en los años 1884-1885.

Desde luego, que sería ingenuo, pensar que aquellos Hospitales, máxime los pueblerinos, tenían algo de parecido con los actuales Hospitales en su equipamiento, asepsia, etc., pero precisamente ahí el mérito de los antiguos: que la rémora o primitivismo que hubiera en la ciencia y praxis médico-quirúrgica, lo pudo suplir en lo posible, la caridad cristiana al servicio del prójimo necesitado o enfermo.

En verdad, cada hospitalillo era poco más que un acogedor refugio con su hospitalero y hospitalera que lo cuidaba. Su edificio, en general humilde, tenía varias habitaciones con algunas camas, de las llamadas de cordel o aún más pobre de ajuar, con simples jergones de paja u hojas de mazorca del maíz, con las mantas, cabezales y cobertones que consignan los antiguos inventarios. Con tan humildes elementos, al menos el pobre enfermo o peregrino transeúnte, podía allí descansar y dormir bajo techado; y en el invierno, encontrar encendida –la gloria–, calefacción rural castellana, que consiste en quemar paja o sarmientos en un hornillo exterior y conducir el fuego y calor canalizado debajo del piso a calentar.

Hay constancia escrita de varios pueblos donde se cuidó de dar "el bagaje" al pobre que salía del Hospital y marchaba al pueblo próximo: ello consistía, a más de algunas monedillas o realejos del Mayordomo o el Tesorero del Hospital, en 1/4 a 1/2 pan, dos huevos, o queso, y un cuartillo de vino de la tierra, esto último en menos Hospitales.

Y otra solicitud, extra hospitalaria: que si era anciano ó inválido, se le transportaba en caballería o en carro, pues a este efecto, los vecinos que tenían estos medios y querían colaborar, se apuntaban y por turno cumplían este servicio de ambulancia a tracción animal; de otra manera, se contrataba a un arriero y pagaba según la distancia al pueblo próximo, con cargo a la Cofradía del Hospital.

En lo administrativo y régimen interno, como más adelante se comprobará, de tiempo en tiempo se revisaron las cuentas del Administrador o Mayordomo, ya por el Arcipreste en su Arciprestazgo, o el Cura Coadjutor o Señor Párroco en unión con el Regidor más antiguo. Y los Visitadores del Obispado también fiscalizaron la economía de las Cofradías que tenían su Hospital; no consintiendo a los Cofrades los gastos, a veces algo subidos, con ocasión del Santo Titular del Hospital y su Cofradía "por convidar a refrescos" (quizá sólo alguna cántara de vino del país); y con más rigor aún, en la llamada Comida de Hermandad a costa del Hospital, echando las Censuras Eclesiásticas y también pecuniarias a los Cofrades para resarcir a los pobres.

Los llamados "bienes raíces del Hospital": casas, tierras, majuelos, etc., se exponían por escrito a su debido tiempo, para que los vecinos labradores, Cofrades o no, hicieran sus ofertas de nuevo arrendamiento, entregándose al mejor postor, ante Notario y con la fianza de costumbre.

Al hojear los Libros de Cuentas de los antiguos Hospitales se observa: que el sueldo que se pagaba al Cirujano o Médico, al Hospitalero u Hospitalera, Sangrador, etc., aunque figuran en columna de sumandos las cantidades en reales y maravedises, siempre antecede su equivalente –en especie–, es decir: Por tantas cargas, fanegas o celemines de trigo, cebada o avena, que era en realidad con lo que se pagaba y lo que aquellos recibían.

 

© Alfonso Esteban Antolín 2002

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